Nunca, salvo en Chiclayo, había estado rodeado de tantos chiclayanos. Fue sumamente grato no sólo cruzar ese puente hacia la cordialidad festiva de un sábado fuera de lo común para mí con harta cumbia de la buena… sino también encontrar a una gran amiga después de tanto tiempo.
A pesar de las bromitas que le hacían sus amigos y paisanos y que indirectamente era como decirme a mí: ”me cae mejor su ex”, me divertí mucho tomando un jugo de durazno mientras todos los demás se esmeraban con cerveza… Bueno, es natural… que sientan celos y traten de defender el recuerdo de quien compartió ratos buenos con ellos. No sabían que somos amigos.
Tanto la fastidiaban y tan duro que hasta roja se puso mil veces, sobre todo el flaco cuyo apellido parece una chapa de “boxeador”… aunque luego lo sentaron sobre sus propias bromas por su gran “dominio” del inglés. Así, en medio de ese buen ambiente de amigos entrañables y de tantos buenos norteños, llegué a experimentar ser un chiclayano más.
Es más, en cierto momento me sentí ser el mismísimo Señor de Sipán… porque hasta noté que esa particular forma de acentuar las palabras y frases que tienen, lo que llamamos ”dejo”, se me pegaba. Debe ser la cercanía a tantos norteños.
¡Nada!… lo del personaje histórico y antecesor suyo era una broma; en realidad fue emocionante descubrir de nuevo la amistad y ese trato tan bonito que tiene mi estimada amiga psicóloga de profesión. Me alegra harto poder retomar el contacto y volver a ser su amigo… Las buenas amistades siempre son ocasión de alegría. Chica de Chiclayo, sigues tan buena gente como cuando te conocí.
Te debo las fotos.
¡Hasta la next chiclayanita…!