Hace poquísimos días llegué a casa luego del trabajo y encontré a mi sobrino. Tiene cuatro años y le encanta bailar todo tiop de música. También estaban su hermanita, mi inquieta sobrina cuatro años mayor, y la mamá de ambos, mi hermana. Nuestra madre nos observaba.
Por el trabajo que tengo actualmente, gran parte de mis días transcurren en medio del tráfico entre Lima y el Callao; mis trayectos son extensos y cansados, siempre con la tensión del tráfico; la velocidad excesiva o por el contrario, la lentitud de los vehículos; los gritos de los cobradores, la congestión… entre otros cientos de problemas que no viene al caso mencionar ahora.
Debo ser sincero y escribir aquí que muchas veces me quedo dormido abrazando mi maleta para que ningún avispado me la arranque de las manos y se lleve mi trabajo completo… Bueno, en ese ir y venir el común denominador es la música que suena de fondo: la “rica cumbia”.
A mi no me gustaba para nada esa música, pero de tanto escucharla le he encontrado ritmo y contenidos… o sea, me está empezando a gustar, hasta me he memorizado algunas letras y últimamente las suelo cantar o tararear… es chévere. En fin…
Ese día en que encontré a mis sobrinos, a quienes quiero con todo mi corazón, prendí la radio… una radio de cumbia obviamente… música de combi como la llamo, y me puse a bailar delante de ellos, cosa que nunca había hecho. ¡Me sentí tan bien!
Entonces Nico -así le digo a mi sobrinito- se puso a bailar conmigo… ¡fue lo máximo! El niño tiene ritmo y yo he descubierto que también lo tengo… aunque ni yo me lo crea. En el fondo se que soy un buen bailarín, pero falta práctica.
Compartir ese momento con ellos me ha parecido fantástico… y quisiera volver a repetirlo. Cuando los veo y estoy con ellos, ¡anhelo tanto tener a mi propia familia y a mis propios hijos! Esa sensación de ser un buen papá me emociona profundamente…
