Anoche (hoy hace dos noches) conversando con mi estimadísima amiga Karina que está lejos, en un país lejano, pero cerca y en comunión de oraciones como le encanta escribir al despedirse por el messenger, y en medio de mis tristezas, le comentaba sobre lo difícil y doloroso que es ser coherente y consecuente con los anhelos y tratar de vivirlos en una vocación concreta.
Abiertamente le contaba que tengo claros mis anhelos, pero que muchas veces pienso que el camino es tan dificil y doloroso, que la vida se complica y que es tan dificil seguir… que soy tentado a no luchar por lo que quiero, por lo que anhelo. Cotidianamente se me presenta y desde hace muchos años, la tentación de vivir los días como vengan, sin planes… ni proyectos. Full espontaneidad…
Le decía que mi constante es la pregunta sobre si en verdad debo seguir luchando por mis anhelos, que para el mundo es sólo un ideal (algo inalcanzable), o conformarme con lo poco que tengo… con la nada, y vivir -supuestamente- sin sufrir…
Algo así como escuchar esa sucia vocecilla que repite incanzable ”no vale la pena” “¿para qué seguir?” “¿para qué esforzarse?” “todo duele, mejor es quedarse así.”
Esto último obviamente es lo que identifico como una vida de goces vanos, superfluos, carentes de sentido y que reducen a la persona a su mínima expresión. Discusiones pueden haber y polémicas, pero la verdad es una y es inquebrantable: el anhelo de ser feliz es real.
Le contaba a Karina que descubría cómo los pecados que he cometido… tantos y tantos, son los que dificultan mi camino hacia la plenitud de mis anhelos, hacia mi propia felicidad… y que esa situación me frustraba tremendamente. Entonces me habló sobre el amor de Cristo, desde Getsemaní hasta el Monte Calvario y que todo el camino, el Señor Jesús lo recorrió en medio de dolores y humillaciones, pero lo recorrió amando.
No lo entendí inmediatamente. Poco a poco fui identificando mis angustias -salvando las distancias infinitas- con las de Cristo en aquel huerto… y comprendí que uno anhela el amor, que el amor es la felicidad, que el amor te plenifica como persona, y que la condición para todo ello es asumir la propia cruz y caminar hacia el destino infinito -a pesar del dolor que se presente- según el plan de Dios. Dios es amor.
Karina también me dijo que el conformarse no corresponde a los anhelos humanos, y aunque uno quisiera negarse a ellos… los anhelos aparecerían tarde o temprano… reclamando lo que el corazón y el alma reclaman: la felicidad de la plenitud. Es imposible negarlo, la persona verdaderamente humana querrá siempre ser verdaderamente feliz.
Casi al terminar la conversación, me dio una clave interesante que no olvidaré y que se la escuchó a Yanella, una amiga en común quien también vive lejos. Ella citaba a Santa Teresita cuando repetía que si Dios ha puesto un anhelo en nuestro corazón, es porque está hecho para ello.
Así de simple. Por asociación entonces, si en el corazón late el anhelo de ser feliz, es porque el corazón está hecho para latir pleno de felicidad, aún en este mundo.
Finalmente, la felicidad es ciertamente un estado que podemos alcanzar porque “todo lo puedo en Aquel que me conforta” y hemos sido creados para la vida, para ser felices.
11, Julio 2008 a las 1:38 pm
Bien!!! ahora a ponerlo por obra… a esforzarse! y si viene el cansancio, mirar al costado, alli estaran los hermanos. Y recordar siempre que… la Madre saldra corriendo al encuentro si ve que alguno de sus hijos se cae… asi que no hay pierde…
11, Julio 2008 a las 11:27 pm
bastante cierto el comentario de la karis, les agradezco a ambos
En comunion!