La fe…
sin obras está muerta.
¡Qué mayor obra es aquella
que se construye en uno mismo:
Portar la fe como bandera y testimonio
y no sólo como un recuerdo lejano!
La fe permanece y la esperanza,
que nunca desfallece…
aunque es necesaria también
la obra que la hace patente
para ser apóstol de Aquel que es autor
de tan grandes dones de amor.
La fe…
sin obras está muerta…
y nos exige siempre la muerte
a todo lo que no es verdadera vida…
¡Si ya he sufrido tantos males,
por qué empeñarme en volver a vivirlos!
Triste es y melancólica la fe que sabe
se anhela lo inabarcable e infinito
y que aún así continúa necia
con la misma vida que está vacía… ¡de amor vacía!
¡Qué carga es esta insostenible;
dejaré ya ese yugo y volveré a la vida!
…
La fe sin obras es una fe muerta. Lo dicen las Sagradas Escrituras
y la Tradición Apostólica de la Iglesia.
Si eso no basta piensa en tu vida… vida sin regocijo
y en lo que tu corazón dicta con sus latidos.
Se valiente y confiesa en sacramento tus pecados.
La fe siempre guía hacia la verdadera vida.
