Conocer para amar y amar para vivir
Definitivamente fuimos creados. De la nada fuimos creados. Creado el universo de una fuente de donde todo brotó de un momento a otro, las fuerzas del cosmos fueron dirigidas según un orden único y que evidentemente destierra todo pensamiento basado en la casualidad.
Con la Tierra ya hecha, fuimos creados desde lo ya existente, siguiendo las mismas leyes que generó el inicio de toda materia. Pero con una inserción absoluta, superior a todo lo creado hasta entonces. Al hombre se le dio no sólo la chispa “que guarda la piedra”, sino también el espíritu y la libertad.
Es cierto que también al inicio de su historia quebrantó ese primer orden de comunión consigo mismo y con Dios, el Creador; y finalmente también quebró el orden con lo creado. De cierta forma el hombre estaba ciego y por eso tal vez tengamos esta nueva oportunidad en Cristo.
Pero no es más la ceguera de la humanidad que el amor del Creador para rescatar a su criatura de las fuerzas que se rebelaron contra Él. Reconciliados por el amor divino y en la cruz que bien merecemos para siempre, tenemos hoy ese camino redentor porque no somos más que el Salvador.
El Señor Jesús unió en Sí mismo su naturaleza divina y la nuestra, y nos libró de la muerte eterna. De seres destinados -en el principio- sólo a una amistad con Dios, fuimos llamados por el Hijo de Santa María a ser en Él, hijos de Dios. Divinización de lo humano, si perseveramos en la cruz hasta el final.
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El sacerdote que ofició la Misa resaltó en su homilía el deber que tenemos como hijos de Dios de cumplir los mandamientos. La mayoría de personas allí no los recordábamos todos, y es obvio que sin conocerlos no podemos cumplirlos.
Los dos primeros versículos del Evangelio de hoy (San Juan, capítulo 14, versículos del 15 al 21) encierran una clave más para alcanzar el Reino de los Cielos. Allí el Señor jesús nos dice:
15. “Si me amáis, conservaréis mis mandamientos. 16. Y Yo rogaré al Padre, y Él os dará otro Intercesor, que quede siempre con vosotros, …
El Padre enfatizó este punto: el intercesor es el Espíritu Santo, quien es Amor y Espíritu Todopoderoso y el fuego que inflama el corazón y da a la Iglesia su fuerza. Él sólo vendrá si cumplimos los mandamientos de Cristo… que incluye el mandamiento nuevo.
Conocer y aplicar en nuestra vida los mandamientos por amor a quien nos amó antes y sin condición: el Hijo de Dios vivo, Cristo, nos dará en consecuencia la venida del Espírtu Santo. ¿¡…Qué grandes gracias y qué misterios nos serán revelados entonces!?