Corazón palpitante

 Muchas personas se declaran ateas, otros dicen de sí mismos ser católicos pero no fanáticos… y otros tantos no entiendan de estos términos y haya que declararlos agnósticos por su terco desinterés en Dios.

El domingo escuché cómo uno de los discípulos dejó de ser tal por dejar de creer en Cristo. Todas las evidencias señalaban que el Señor Jesús ya estaba muerto -de la peor forma- y enterrado -con prisa.

Los rumores y testimonio de sus amigos y colegas sobre que habían visto al Hijo de Dios resucitado, no le eran suficientes.

Y es esta parte del Evangelio lo que llamó mucho mi atención:

INCREDULIDAD DE TOMAS

26. Ocho días después, estaban nuevamente adentro sus discípulos, y Tomás con ellos. Vino Jesús, cerradas las puertas, y, de pie en medio de ellos, dijo: “¡Paz a vosotros!”
27. Luego dijo a Tomás: “Trae acá tu dedo, mira mis manos, alarga tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente”.
28. Tomás respondió y le dijo: “¡Señor mío y Dios mío!”
29.Jesús le dijo: “Porque me has visto, has creído; dichosos los que han creído sin haber visto”.

El Señor permitió que Tomás el incrédulo tocara sus heridas abiertas como testimonio de la Pasión. El introdujo su dedo por la huella de los clavos de las manos, y luego su mano tocó el costado herido por una lanza romana.

Aquella lanza que perforó su corazón quieto y sin vida, su corazón que no resistió más y de donde brotó sangre y agua a la hora de la Divina Misericordia.

No se señala hasta donde introdujo su mano en el costado, pero imaginé que el nuevamente apóstol pudo haber tocado el propio corazón palpitante del Señor Jesús.

Todo esto me hace pensar que todos en algún momento hemos sido invitados por el Hijo de Santa María a colocar nuestra mano en el costado abierto y sentir su corazón en nuestras manos, palpitante y lleno de vida.

Ese encuentro tan especialísimo aquel que no cree, cree. Pero el mismo Señor señala: “… dichosos los que han creído sin haber visto.”

¡¡¡Y entre estos últimos estamos nosotros!!!

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