El sólo hecho de existir me interesa… el sólo pensar en la muerte me inquieta. No tengo la más mínima idea del cuándo; en tanto, el cómo depende de mí y de las circunstancias. Mas, aún las circunstancias, el cómo depende enteramente de mí, por acciones y omisiones.
Me interesa vivir, no tanto las condiciones, que son todas perfectibles.
La muerte es algo así como subir en la balanza definitiva, aquella que me dará como resultado el peso de lo que he sido hasta ese momento que tanto temor despierta. Aunque es cierto decir también que esta balanza se presenta diaria y cotidianamente, sin tregua.

Que la vida diseñe el final, el final que es la muerte, la muerte que es amiga… y allí donde se entierra el cuerpo el epitafio diga…
“Sé feliz, sé tú mismo: sé libre.
Cristo es el camino, la verdad y la vida”
Todos reclamamos la existencia y la extensión infinita de esta. Reclamamos también la plenitud y la anhelamos cuando falta. Desde el espíritu se reclama y el alma las espera.
La primera la tenemos desde el inicio y la segunda la perdemos cuando dejamos atrás los años en que somos niños. “Ser como niños” ésa es la clave.
El ser humano merece la existencia. Todo ser humano merece la existencia. El ser humano nunca deja de ser humano. La existencia es un bien.
La existencia es la vida, defendamos la vida.
* Reflexiones tras leer “Dónde está, muerte, tu victoria” de Germán Doig K.