Sentado frente al mar uno descubre no sólo la inmensidad de ese cuerpo líquido de intensa fuerza que cubre la mayor parte del planeta -la tierra es también llamado el planeta de agua- sino también el horizonte, lejano como se siente el cumplimiento de los anhelos, sueños e ilusiones; y el cielo enorme que pareciera extender siempre una invitación a surcarlo cotidianamente.
A mi lado, mirando mis gestos, ella. La miro yo, y evita ella el encuentro directo. Me mira ella y yo no soporto sostener la ilusión en su mirada.
La arena húmeda, la fresca brisa y la luz del sol creciente desde las montañas acompañan el momento de este encuentro con la naturaleza. Es de mañana y el verano es nuevo, el mar revienta sus olas con suavidad a esta hora, mientras las gaviotas acompañan el sonido con sus alegres voces, creando una sinfonía que deleita la calma, el alma.
Allí callado espero la suavidad de sus manos y sostenerlas, pero aún juega con su cabello… me resisto a tanta belleza.
Es el comienzo de un nuevo día, el sol se refleja en su mirada que se hace cielo y horizonte, se hace todo, y toda ella arrebata el lugar a mis anhelos… se convierte así en ello y me regala la emoción intensa que inflama mi pecho y lo llena de fuego. No me queda más que ser valiente, lo que me reclama el alma desde siempre… y su compañía.
Y allí yo frente a ella, con el horizonte como destino… el oceano inmenso es el camino y el cielo providente a cada instante señala que si puedo, que si podemos.
La plenitud halla sustento en el esfuerzo, por eso el amor se hace infinito, si se lo construye. Es la sinfonía del alma que anhela. El amor es pleno.