Un repentino rapto de conciencia lo trajo de vuelta. Fue brutal. Sentado al borde de la acera la experiencia le duró una fracción de segundo… más un suspiro.
Algunos de los momentos claves de su vida antes de vivir en la indigencia, se fueron sucediendo uno tras otro en ese sólo instante, como si fuese aquella su hora final o el llamado de la muerte para llevarlo a otro mundo. En medio de toda esa algarabía sintió perder las alas en un pestañear y caer desde alto sin poder hacer algo. No lo pudo evitar.
Miró a su alrededor: sonrisas, carcajadas, expresiones intensas de alegría alcohólica, y él con la conciencia atada por la realidad, cual roca a sus pies… Conciente de pronto después de tanto tiempo, tan inesperadamente que aún sentía estar sonriendo. Se tocó el rostro que fue perdiendo la forma - ya maltrecha, ya herida – como una figura de cera al calor.
Tuvo miedo. Todo se hizo lento y empezó a girar al mismo tiempo, y en sus ojos a represarse un grupo de lágrimas. Tomó aire, aguantó. En sólo ese solo instante había recordado los momentos más oscuros de su vida, los más lejanos… y los últimos, aquellos que lo marcaron para siempre. Y volvió a concluir que pudo haber sido todo diferente.
Hasta entonces había continuado su vida refugiado en esquinas y expuesto a toda ausencia, sin cielo ni horizonte cada día y cada noche. Y cada vez con más decisión se encadenó a las brisas y a los vientos. Fue fácil, sólo tuvo que dejar de vivir, dormir en las calles, tragar los restos de comida que hallaba en basurales y libar adulterados.
Tras el golpe conciente mil imágenes coparon su mente con el reproche insesante que lo hundía en remordimientos y desesperanza… “Pudo haber sido diferente, pude haber sido yo mismo… pude haber sido feliz“, repitió mientras a su alrededor la descomunal celebración continuaba si freno. Cogió una botella y bebió el contenido hasta la última gota.
Continuó la algarabía pero ya no era lo mismo para él. Se esforzó con el alcohol, se esforzó con atención a la conversación, risas y carcajadas de sus compañeros, se esforzó en olvidarlo todo otra vez como cada vez, pero ya no era lo mismo. Arrebatado por ese golpe de conciencia huyó. Se puso de pie ya sin fuerzas, cogió su manta y se echó sobre cartón.
Ya rota la represa quiso perder la conciencia, cerró los ojos y suspiró. Aquella fresca mañana de sol la fiesta prolongó su emoción sin parangón, sin remedio ni esfuerzo, sin trrabajo ni pan. Música de cantos a capela, con palmas… sin cajón y de desayuno alcohol, con tan sólo las ganas de la diversión porque el sueño sólo fue sueño, y la vida continuó.
