Desperté de golpe un día, un sábado del verano. Las voces duras de un grupo de indigentes cantando al unísono y a todo pulmón la conocida estrofa de una barra del Alianza Lima, uno de los equipos más populares del Perú, irrumpían en el tranquilo y marino amanecer del distrito limeño de San Pedro de los Chorrillos.
“Corazón Alianza Lima,
corazón para ganar,
a la victoria volveremos,
para verte campeonar”
Sentados al borde de la vereda frente a un mercado local, respirando brisa, estas diez personas completamente alcoholizadas -todos varones-, sucias de siempre y pendientes de todo vehículo que se estacione en la zona para limpiarlo y ganarse un sencillo, se abrazaban con emoción festejando el campeonato logrado por el equipo de sus amores… y el mío.
“Se va, se va,
se va el Alianza para campeón,
Se va, se va,
Alianza Lima corazón”
Quise callarlos de primera intención, pero me conmovió el escucharlos entonar esas notas vibrantes con ese espíritu fanático que brota desde uno de los niveles más profundos del inconciente humano: el alcoholismo. De hecho musicalmente estaban y siguen estando al otro lado… en las antípodas como suele decirse, de los Niños Cantores de Viena, y siguieron cantando.
“Corazón Alianza Lima,
corazón para ganar,
a la victoria volveremos,
para verte campeonar”
Y así pues, fue enternecedor… sobrecogedor, humanamente triste ver en esos hombres… que nunca aprendieron a dejar de ser niños, que no estuvieron preparados para afrontar el mundo, que siguieron traviesos y se refugiaron en el país de Nunca Jamás (Peter Pan es un maldito) rasgos que creí habían perdido a cambio de esa condición de abandono total.